Meditaciones sobre el acoso escolar, por José Sanmartín Esplugues

[themecolor] Acoso escolar, una forma de tortura[/themecolor]

José Sanmartín Esplugues, profesor del Máster Universitario en Resolución de Conflictos en el Aula

[themecolor]§1. Sobre violencia escolar y acoso escolar[/themecolor]

En los últimos tiempos se ha popularizado entre nosotros la palabra “bullying”, llegándose a emplear como sinónima de “violencia escolar”. Y no es correcto.

La violencia es cualquier acción u omisión intencional que causa o puede causar un daño a terceros (personas, animales o cosas). Si la víctima es una persona, ese daño puede ser físico, psicológico, sexual o económico.

Si la violencia se produce en instalaciones educativas, sus alrededores o actividades extraescolares, entonces debe hablarse en sentido estricto de violencia escolar. Los agentes y los pacientes de la violencia escolar pueden ser estudiantes, profesores, personal subalterno o propiedades ligadas al centro educativo. Además la violencia escolar puede ser, o no, persistente. Lo habitual es que no lo sea. Cuando la violencia escolar se perpetra entre compañeros, es reiterada, intimidatoria y suele traducirse en el aislamiento o exclusión de la víctima, debe hablarse en sentido estricto de “acoso escolar” o bullying. El acoso escolar no es, por tanto, la violencia escolar, sino una forma extrema de violencia escolar.

El acoso escolar, por cierto, es una forma de violencia con rasgos muy similares a los propios de la violencia de pareja.

Primero.

Ya saben ustedes que la violencia de pareja se produce en el marco de un desequilibrio claro de poderes, en el que el hombre intenta controlar a la mujer.

El acoso escolar surge, asimismo, en el marco de un desequilibrio de poderes: el agresor y, con frecuencia, los agresores (pues suelen ser varios) son superiores en fuerza física a la víctima o como tales son percibidos por ella.

Ésta es una de las tres características clave que deben darse para que haya acoso escolar. Las otras dos son que se trate de un comportamiento intencionalmente dañino y que sea reiterado.

Segundo.

El agresor de mujeres suele verse a sí mismo como la víctima de un proceso desencadenado por su pareja, que, según él, le provoca. Por eso, no se auto percibe como un agresor en sentido estricto, sino como alguien que se defiende ante los ataques de quien realmente es su víctima.

9188364-icono-de-glosssy-de-acero-de-pdfEn este mismo sentido, en el excelente informe de Ángela Serrano e Isabel Iborra (véase pdf adjunto), siete de cada diez agresores dicen actuar como lo hacen obligados, según ellos, por las provocaciones de sus víctimas.

Tercero

Hay, con todo, un parecido más profundo entre estas dos formas de violencia. En efecto, las víctimas de violencia escolar en general son en su mayoría chicos. Pero, según el citado informe, las víctimas de acoso escolar en particular ya no son predominantemente chicos, sino chicas: de cada diez víctimas de acoso escolar, seis son chicas.

No sería aventurar demasiado, entonces, decir que el acoso escolar es una forma de violencia no exclusiva, pero sí predominantemente sexista que podría estar contribuyendo a preparar el camino de la agresión de pareja. Es tan sólo una hipótesis. Hay algunos datos, por cierto, que hablan en su favor. En concreto, la violencia de pareja y, en particular, el asesinato de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas se está rejuveneciendo, al menos, en España. Algo, pues, ha fallado gravemente en la socialización de nuestros jóvenes. Quizá sea que el sexismo, que creíamos propio del pasado, ha seguido operando con toda su carga de negatividad también en la educación de los últimos tiempos.

 La educación sexista podría ser un factor de riesgo, por tanto, del acoso escolar. La investigación sobre esta forma de violencia ha identificado otros muchos factores. En lugar de analizarlos (lo dejo para otra ocasión, aunque a este respecto ya he publicado alguna entrada en este blog), voy a dedicarme a reflexionar brevemente  sobre algunos aspectos de la violencia escolar y, en particular, del acoso escolar que creo que tienen gran importancia.

[themecolor]§2. La complicidad social[/themecolor]

En primer lugar, se nos recuerda a menudo, en España al menos, que siempre ha habido casos de violencia escolar. Pero, esta constatación no justifica nada. También ha habido históricamente violencia familiar y, al menos, desde finales del siglo pasado la violencia contra el menor, la mujer o el mayor en el ámbito doméstico se han convertido en problemas sociales que no deben, en modo alguno, tolerarse.

Precisamente el progreso social del siglo XX se ha basado, en gran medida, en la conversión de prácticas que se tenían por normales en acciones que se han tipificado como malos tratos. Recuérdese que no más lejos de 1866 para salvar a una niña de la tortura a que la sujetaban sus padres en la ciudad de Nueva York, hubo que aplicarle la Ley contra la crueldad con los animales, porque en Estados Unidos no había ninguna norma ni ninguna Sociedad que se ocupara de la crueldad con los niños.

Las cosas han cambiado radicalmente desde entonces. La violencia contra los niños ni siquiera era considerada tal. Hoy es maltrato y está penado. La violencia contra los niños era un asunto privado que concernía a padres e hijos. Hoy es una cuestión social.

El mismo camino ha recorrido la violencia contra la mujer y, en particular, la violencia perpetrada contra la mujer por parte de su pareja o ex pareja.

En torno a la violencia de pareja entretejían sus redes múltiples creencias que, a la postre, se reducían a una sola y principal: la mujer podía tener, o no, suerte en el matrimonio; le podía tocar, o no, un marido que la golpeara. En cualquier caso, tenía que resignarse y, desde luego, no debía airear nunca lo que sucedía entre ella y su pareja: era un asunto privado.

Sin embargo, desde mediados del siglo pasado la violencia contra la mujer empezó a convertirse en cuestión pública, porque, como en el caso del menor, es una clara violación de los derechos humanos de las víctimas y, en concreto, del derecho a la integridad física y psíquica.

En este sentido, no me cabe la menor duda de que la violencia escolar y, en particular, el acoso escolar seguirán el mismo camino que la violencia contra la mujer o contra el menor. Como éstas últimas, el acoso es una forma de tortura y, en cuanto tal, una violación de los derechos humanos de la víctima. Estoy totalmente de acuerdo con el Profesor Olweus en su consideración de que un derecho fundamental del niño es sentirse seguro en el colegio y libre de la humillación y la opresión sistemática propia del acoso.

[themecolor]§3. La ley del silencio[/themecolor]

Por eso mismo, pienso que es necesario, en segundo lugar, desterrar algunos mitos en torno al acoso escolar. Uno de los principales está extendido entre los mismos estudiantes –menos extendido, en cualquier caso, de lo que se dice, pero, aun así, muy nocivo por sus consecuencias. Ellos creen que denunciar a quien acosa es propio de ‘chivatos’ y aceptan una cierta ley del silencio.

Obviamente, esta ley coarta las posibilidades de intervención externa para resolver el problema. De este modo, el acosado se ve llevado a un aislamiento en el que se refuerza su carácter de víctima propiciatoria. Sus derechos podrán ser violados, entonces, con total impunidad.  De ahí que sea socialmente necesario comprender que denunciar el acoso no es ‘chivarse’ (algo negativo), sino tratar de proteger los derechos humanos que le están siendo negados a la víctima.

Sé que es muy complicado cambiar el ‘chip’. Pero hay que hacerlo. Nadie en su sano juicio diría hoy en día que es un ‘chivato’ el vecino que llama a la policía porque, en la vivienda de enfrente, un hombre está golpeando brutalmente a una mujer. La violencia de pareja no es cosa privativa de las dos personas que la forman.

Pues bien, exactamente lo mismo puede y debe decirse del acoso escolar: no es algo privativo de quien acosa y de quien es acosado. Como en el caso de la violencia de pareja, el acosado es alguien cuyos derechos están siendo violados. En este sentido, denunciar el acoso no es nada negativo, sino uno de los grandes servicios que en este momento cabe hacer al sistema educativo.

[themecolor]§4. Sobre estilos educativos[/themecolor]

 Y hablo de sistema y no de centro educativo, porque la violencia escolar y, en particular, el acoso escolar afloran en el colegio y sus alrededores o en actividades extraescolares como excursiones y similares, pero hunden sus raíces en otros ámbitos interactuantes. Uno de ellos es la familia.

Educación de la adolescencia

Educación de la adolescencia

La familia es el primer contexto de socialización: se nace en una familia y a través de ella el individuo se abre a los demás contextos sociales. La familia es, pues, decisiva en la educación y, por consiguiente, en la prevención de la violencia.

Lo bien cierto, sin embargo, es que se aprecia una cierta dejación de responsabilidades en algunas familias en las que los padres, probablemente por haber sido educados de forma autoritaria, es decir sin afecto y con mucho control, se van al extremo opuesto y educan a sus hijos de forma negligente: con mucho afecto, pero sin ningún control. Lamentablemente hoy sabemos que tan malo es educar autoritariamente como negligentemente. Uno y otro estilo educativo correlacionan  de forma significativa con múltiples psicopatologías y, en particular, con el trastorno de conducta en niños y adolescentes. Por el contrario, el estilo educativo basado en dar afecto y, a la vez, fijar normas parece el que produce mejores resultados.

Así pues, educar bien no consiste ni en sobrecontrolar autoritariamente, ni en decir sí a todas las exigencias del niño. Educar bien es decir no cuando es necesario. Es fijar normas y supervisar su cumplimiento, con el bien entendido de que fijar normas no significa imponerlas. Siempre que sea posible, conviene analizar las normas y consensuarlas con los hijos en un marco caracterizado por el reconocimiento mutuo de derechos y de deberes. Pero, ha de haber normas para que el niño interiorice la idea, crucial en la sociedad democrática, de que no todo vale, de que la conducta debe tener unos límites determinados por los principios y, sobre todo, por los valores a preservar socialmente tales como la dignidad de la persona, la igualdad, la libertad, la justicia o la tolerancia.

[themecolor]§5. Sobre la cultura[/themecolor]

Pero incluso cuando los padres lo hacen bien (y así sucede en la gran mayoría de los casos), hay factores poderosísimos en el entorno de niños y adolescentes que pueden influirles, predisponiéndolos a conductas inadecuadas en el aula. En este sentido, el ‘todo vale’ mencionado está extraordinariamente bien representado hoy en día por los contenidos de ciertos espacios televisivos en los que, para conseguir una fama más o menos efímera, se está dispuesto a emplear todo tipo de recursos, sin ninguna cortapisa ni ética ni estética. Niños y adolescentes encuentran modelos en gente que hace de la invasión de la privacidad ajena o de la exhibición pública de la propia un modo de vida que les depara dinero y fama de forma inmediata.

Es esa misma inmediatez, por cierto, con la que, a menudo, exigen niños y adolescentes que se satisfagan sus deseos personales o se les gratifique. Todo vale, menos postponer la gratificación, lo que me da placer, un placer que no se alcanza siendo, sino sobre todo teniendo. De ahí que cada vez sea más fácil que niños y adolescentes se frustren: bien porque han de esforzarse –por poco que sea- o bien porque carecen aún de cosas, por cierto, cada vez más nimias.

Ahora bien, el vivir sólo el presente, el no saber postponer, el no inquietarse por el futuro, es algo que lleva frecuentemente a un individualismo despreocupado por las consecuencias de las acciones. Lo importante es que yo tenga, pase lo que pase. Por cierto a este respecto el mal ejemplo de quienes ocupan los puestos socialmente más relevantes en nuestro tiempo (miembros del ejecutivo, legislativo, judicial; altos cargos de partidos políticos y de empresas multinacionales, etc.), sin escrúpulos para enriquecerse  poniendo en práctica conductas inmorales, es un modelo que crea fácilmente escuela. Y cabría recordar que el buen ejemplo de los ‘de arriba’ (como creo que dijo Einstein) no es sólo un modelo educativo: es, en lo esencial, el único modelo.

Vivismos tiempos de un individualismo reforzado por un hecho altamente significativo: la desaparición de las formas de juego cooperativas y su reemplazo progresivo por formas de juego en el aislamiento.

No debería olvidarse que el niño que no ha aprendido a cooperar a través del juego no suele haber interiorizado de forma correcta la necesidad del otro y, sobre todo, no suele haber asumido, incluso inconscientemente, que cooperar es mucho más que hacer algo entre varios. La cooperación implica el compromiso de hacer algo, pero también implica el cumplimiento de la función asignada a cada uno, el seguimiento de las normas que regulan la acción colectiva y la convicción de que lo que uno haga repercutirá en el resto del grupo.

[themecolor]§6. Sobre el papel de la educación[/themecolor]

En definitiva, la violencia escolar suele tener tras de sí causas que ocurren muy lejos del centro educativo. Ello no significa, en modo alguno, que no haya elementos en el clima escolar que estén favoreciendo conductas violentas en su seno.

Uno de ellos es la devaluación del papel de la educación. Lamentablemente sigue existiendo la creencia de que el educando tiene unos valores innatos que no deberían ser tapiados por los contenidos de una enseñanza que, en buena medida, resultan irrelevantes para la vida. Coincido con Fernando Savater en que tales valores innatos son invenciones de quienes creen (pienso yo, que sin fundamento) que la educación sólo hace que estropear las bondades naturales humanas.

Por el contrario, y lo diré rotundamente, no hay ser humano si no hay cultura y, para que haya cultura, es necesario que existan canales para su trasmisión intergeneracional. Ése es, precisamente, el papel que juega la educación. El ser humano es un poso de naturaleza recubierto por una tupida red de cultura cuyos elementos (al menos, los principales) son transmitidos por la educación. Si despojas al ser humano de la cultura y eliminas sus canales de transmisión, es decir la educación, lo dejas reducido, en sentido estricto, a un mono desnudo: no desnudo de pelo, sino de humanidad.

Por eso, creo que se equivocan quienes restan importancia a la educación. La educación lo es todo en relación con la humanidad de lo humano. Y por eso es necesario educar: es absolutamente preciso, en concreto, formar e informar a los niños en los intríngulis de cómo deben vivir su propia vida en relación con los demás y con el mundo, fijar las normas pertinentes para preservar la esencia de nuestras sociedades (recogida en principios y valores), ayudar a crear en el individuo las condiciones necesarias para el autocontrol y la autovigilancia, etc. En definitiva, es necesario educar al niño, para brindarle la oportunidad de asumir una determinada cosmovisión y, en particular, una cosmovisión vertebrada por el principio de que hay un prójimo al que respetar, con cuyos deseos, apetencias y libertad tendremos que armonizar nuestros propios deseos, apetencias y libertad.

Los profesores deberían jugar un papel esencial en esta educación: una educación en valores formadora de ciudadanos capaces de vivir en paz. Y esto me da pie para abordar un último tema.

[themecolor]§7. La sociedad multicultural[/themecolor]

Vivimos tiempos de cambios profundos. Hay uno en particular de enorme trascendencia, al menos en Europa: el fin de las sociedades monoculturales y su reemplazo por sociedades multicultares.

Fomentando la convivencia escolar

Fomentando la convivencia multicultural

Ciertamente, esta multiculturalidad no está exenta de dificultades. En sí misma, según algunos pensadores, parece constituir un problema. Se trata del llamado “problema de la diversidad”, derivado de la difícil convivencia en una comunidad política (u otro tipo de comunidad humana) de personas con culturas diversas, que deben ser respetadas a partir de la exigencia democrática de que no hay que conculcar el derecho de nadie a poder elegir y definir su identidad.

Y ese problema tiene sus manifestaciones asimismo en el sistema educativo. Por una parte aparecen actitudes y conductas xenofóbicas que pueden llevar a manifestaciones de violencia escolar. Por otra parte, hace su presencia el fenómeno del pandillismo que, en España, ha ocasionado algunos graves problemas de violencia escolar, incluso con resultado de muerte.

En el caso de las democracias de la Unión Europea es muy urgente resolver el problema de la diversidad cultural y correlatos suyos como la violencia escolar. Todas esas democracias se enfrentan hoy al desafío y a la necesidad de encontrar respuestas, moralmente defendibles y políticamente viables, a las cuestiones de cómo gestionar la convivencia entre diferentes culturas y cómo respetar los derechos de las minorías.

Son éstas, desde luego, cuestiones que la sociedad en su conjunto tiene que resolver desde la pluralidad de instancias políticas, jurídicas e institucionales que tiene a su alcance, pero no cabe la menor duda de que una de las vías principales para solucionarlas es la constituida por la educación intercultural: una educación que intente formar a todo el alumnado en el conocimiento, la comprensión y el respeto de las diversas culturas de la sociedad actual; una educación que favorezca una comunicación comprensiva entre identidades que se reconocen como diversas entre sí.

Una educación de este tiipo exige una reorganización rigurosa de los variados elementos que configuran la cultura escolar. Entre tales elementos me parece especialmente importante la educación en valores, como la tolerancia y la solidaridad, pero también en actitudes.

Ya saben ustedes que las actitudes son predisposiciones evaluativo-afectivas aprendidas para responder consistentemente de un modo favorable o desfavorable en determinadas circunstancias. En este sentido, los prejuicios raciales y culturales no son otra cosa que una actitud hostil hacia una persona que pertenece a un grupo étnico o cultural por el mero hecho de pertenecer a ese grupo.

En la educación intercultural debe combatirse ese tipo de prejuicios y actitudes substituyéndolos por predisposiciones afectivas de signo positivo hacia las personas de otras culturas. Dicho en términos psicológicos, la educación intercultural debe fomentar la empatía hacia las personas de otras culturas, es decir debe promover la capacidad de ponerse en el lugar del otro, capacidad que nace de una actitud afectivamente positiva hacia él. Y ya se sabe que el fomento de la empatía es una excelente vacuna contra la violencia.

Ahora bien, la formación de actitudes no debe restringirse al ámbito de lo individual, como sucede con la empatía. Desde un análisis de las condiciones políticas y sociales,  la educación intercultural tiene que promover una actitud socialmente crítica hacia cuantos elementos producen en los individuos concepciones negativas hacia los culturalmente diferentes y los predisponen a actuar violentamente contra ellos.

 ……

Y de este modo he llegado al final de este breve artículo. Pese a todo lo expuesto creo que podría concluir con un mensaje positivo, que era el que, ciertamente, presidía la vida del Centro Reina Sofía: es posible… Es posible luchar contra la violencia y, en concreto, contra la violencia escolar porque la violencia no es un destino inexorable. La violencia no es una nota innata del ser humano. Es el resultado, en la inmensa mayoría de las ocasiones, de factores de tipo de ambiental, entre los que la educación juega un papel de primera magnitud. Pero si la violencia es, en su vasta mayoría, algo ambientalmente adquirido y, por tanto, aprendido, siempre es posible no aprenderla. Está en nuestras manos hacerlo así.

LA_VIOLENCIA_Y_SUS_CLAVES_2013

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Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia (en excedencia) y director de la Oficina del Campus Virtual de la UCV-San Vicente Mártir. Autor, entre otros libros, de La violencia y sus claves (Ariel QUINTAESENCIA, 2013) y de los I, II y III Informe Internacional sobre Violencia contra la Mujer, Serie Documentos del Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia.

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