La empatía y su función en el aula, por Mª Victoria del Barrio

[themecolor]La empatía y su función en el aula[/themecolor],

por Mª Victoria del Barrio, Profesora de la UNED.

Las emociones son las grandes promotoras de la acción y la empatía, una de ellas, facilita una comunicación emocional, primaria y precoz (Cowan, Vamman y Nielsen,2014). La función  más consensuada de la empatía es la inhibición de la agresión y la comprensión del otro. Hay una gran unanimidad en la investigación sobre la empatía y las pocas discrepancias  que parecen tienen su raíz en la metodología de su evaluación (Eisenber & Lennon, 1980).

El concepto de empatía proviene de la Estética y se debe a  R. Vischer (1847-1933) y hace referencia a la conmoción sufrida por un sujeto ante la belleza externa. El concepto llegó al campo de la Psicología a través de Alexander Bain. Su estudio se considera hoy como una de las metas de la psicología positiva.

Se define como una respuesta afectiva para la aprensión y comprensión del estado emocional del otro (Eisenberg, Fabes, Murphy, Karbon, Smith,  et al., 1996). La simpatía es otro término parejo que quiere decir lo mismo que empatía, pero con etimología griega. Sin embargo mientras que “simpatía” se ha vulgarizado con una semántica referida a la buena comunicación de emociones positivas ”empatía” se ha quedado con el significado de compartir todo tipo de emociones.

Kohlbert, trató el tema de la empatía respecto de los niños y subrayó sus aspectos cognitivos además de los emocionales. Hoffman (1977) pone el acento en los elementos sociocognitivos y considera que la empatía tiene un desarrollo evolutivo paralelo a las demás emociones infantiles.  Así hay en ella un primer momento inespecífico global, seguido del egocéntrico, heteroafectivo y socioafectivo.

Esta concepción socioafectiva de la empatía es la que ha hecho más fortuna (Borke, 1980). si bien hoy se acepta que en la empatía, como en otras emociones,  interaccionan aspectos cognitivos, emocionales y sociales aunque cada autor pueda dar una mayor importancia a unos u otros.

La faceta emocional de la empatía se ha cultivado más desde posiciones psicoanalíticas, en donde la empatía se considera fundamentalmente como una experiencia vicaria de las emociones de otros. En cambio desde otras posiciones teóricas se la considera como la respuesta congruente del sujeto ante las emociones de los otros (Eisenberg, 2000).

Desde un punto de vista evolutivo la empatía se inicia en el primer año de vida con lo que se ha llamado “contagio emocional”. Este consiste  en un malestar indeterminado, sin ningún tipo de conocimiento, acerca de la situación emocional negativa o positiva del otro. Esta primera empatía se va ”mentalizando” y en la adolescencia se produce su completamiento; entonces las emociones de los otros se conocen intelectual, afectiva y contextualmente (del Barrio, 2002). La empatía emocional aparece primero ligada a la de la madre, es decir la más emocional y posteriormente emerge la empatía de toma de perspectiva (Van Lissa, Hawk, SKoot, de Vied, Van Liery, Meeus, 2014).

baby-443393_640Esta evolución se ha comprobado objetivamente y está perfectamente asentado que la empatía se incrementa con el paso de la edad (Mestre, Perez Frías & Sempere, 1999). Todo ello  apunta a que el sujeto incrementa su capacidad de entender lo que le pasa al otro y de ponerse en su lugar a medida que madura.

Habitualmente se tiende a considerar que la empatía intelectual es mejor que la emocional. Sin embargo algunos estudios apuntan a que  la empatía emocional se relaciona más débilmente con la agresión que la intelectual (van Largen, Wissink, van Vugt, van der Stouwe y Stams, 2014). Esto podría explicar por qué algunos estudios encuentran poca relación entre empatía y agresión  (Vachon, Lynam y Jonson, 2014).

Si se hace un análisis de las distintas definiciones de esta vivencia podemos decir que los elementos esenciales de un sujeto empático son que tiene comprensión y siente emoción ante los sentimientos del otro.

Mucas veces se ha tendido a subrayar su aparición como una reacción frente al sufrimiento de los otros, pero hoy con la aparición de la psicología positiva, se ve que se produce tanto ante el sufrimiento como con la alegría por tanto es un incremento de la capacidad de disfrutar.

La empatía ha cobrado especial relevancia ante el incremento patente de la agresividad en la infancia y la adolescencia. En la búsqueda de soluciones ante este problema se ha encontrado que es uno de los inhibidores más potentes y eficaces de la agresión (Bandura, 1999;Tremblay, et al.,1994; Batanova, y Loukas, 2014). La la relación negativa entre empatía y agresión está presente en toda la investigación desde el principio hasta la actualidad  (Mehrabian & Epstein, 1972; Hysek,  Schmid, Simmiler, et al. 2014) y también aparecen exactamente los mismos datos  en población española (Mestre, Semper & Frías, 2002; del Barrio, Holgado, y Carrasco, 2012; Carreras, Muñoz, Azumendi, Pascual, y Sánchez, 2014).

Se muestra también como un gran potenciador de la conducta prosocial (Eisenberg y Miller, 1987), especialmente en su dimensión simpática (Eisenberg, 2000) y esto desde edades muy tempranas (Carreras, Muñoz, Azumendi, Pascual, y Sánchez, 2014). Otros autores hacen notar que la empatía no sólo correlaciona negativamente con la ira sino que fomenta el control emocional junto con la percepción de culpa (Roberts, Strayer, y Deham, 2014),. Este es un dato muy interesante porque se tiende a considerar que la culpa es una vivencia negativa cuando realmente es un síntoma de empatía si responde a una verdadera responsabilidad. Los niños que no sienten culpa son difícilmente empáticos y la psicopatía, como todos saben tiene, en la ausencia de culpa una de sus características emblemáticas. Por tanto acentuar en la educación del niño su responsabilidad y su sentido de culpabilidad adaptativa es hacerles más empáticos y sociales.

Hay investigadores que asocian la aparición de problemas de conducta y la ausencia de empatía a unas bases biológicas comunes (MDAM )(Hysek, Schmid, Simmiler et al., 2014) y también con la respuesta al cortisol (CAR) (Jonson, Caron, Shirtcliff, Eckel y Taylor, 2014) . Parece que en tal caso podrían ser combatidas cojuntamente atendiendo a ello. Repetidamente se ha señalado la vinculación entre la ira y la conducta agresiva (Carrasco  & del Barrio, 2006, por tanto sería posible que los fundamentos somáticos de estas conductas y de sus inhibidores se hallen vinculados entre si.

Bryant (1985), ya había señalado que la empatía correlaciona positivamente con  el adecuado funcionamiento socio-emocional especialmente en la infancia media (6-12 años); en población española también se ha encontrado la empatía relacionada con la potenciación de la conducta prosocial e inhibidora de la agresividad (Mestre, Sempere y Frías, 2002). Esto la convierte en un elemento esencial en los programas de prevención de problemas sociales en la infancia y la adolescencia. Muchos investigadores subrayan que la empatía es un mediador potente entre los hábitos de crianza de los padres y la aparición de problemas de conducta (Millar, Jhonston y Pasalich, 2014). Así, el mayor criticismo o aceptación de la madre variaría en función de los niveles de empatía de los hijos.

En todos los estudios aparece un dato constante: la empatía es más alta en mujeres (Eisenberg, & Lennon, 1983). Este resultado se encuentra ya en Bryant (1982)  también en población española (Frías et al., 1997; Lasa, Holgado, Carrasco, & del Barrio, 2008).) y en la mayor parte de los estudios sobre el tema en muy distintas culturas (Shumaker, 2003; Deguchi & Ohkawa, 2000). Ello apunta a una tendencia transcultural homogénea en la educación sentimental del hombre y de la mujer y también a la necesidad que hay de incrementar la empatía especialmente en hombres para contrarrestar las normas de la educación sentimental discriminatoria.

Es también evidente que el rendimiento escolar y la armonía social en la escuela está ligada a la ausencia de agresión (Batanova, y Loukas, 2014); por tanto hay que preguntarse cómo podemos intervenir para lograr el equilibrio emocional en el ámbito escolar. Está bien asentado que la empatía produce una mejoría en la efectividad de la enseñanza y , por tanto. hay que preparar a los maestros para que sepan fomentarla (Warren, 2014).

Los programas para incrementarla deben de comenzar antes del nacimiento mediante información a los padres sobre las consecuencias que sus acciones tienen sobre la vida emocional de los hijos. Un buen Apego y unos hábitos de crianza basados en el cariño y el control promueven una instalación emocional en los niños y la aparición de una empatía adecuada (Rey, 2001; Robinson, Joel y Plaks, 2015).

Los padres también tienen que ser conscientes de que los niños aprenden emociones por aprendizaje vicario y por tanto copian la emociones que ven tras la expresión de sus caras (Tully, Donuhue y García, 2015), así que si quieren promocionar en sus hijos las emociones positivas deben ellos mismos expresarlas  y exactamente lo mismo ocurre con los maestros..

Una estrategia indirecta que se ha mostrado eficaz en el incremento de la empatía y de la asertividad junto con el  descenso de la agresividad es el incremento de la actividad física y el deporte en la escuela (García López y Gutierrez, 2015). De la misma manera se ha encontrado que el narcisismo se asocia frecuentemente a la agresividad y la falta de empatía por lo cual se considera que la empatía además de inhibir la agresión puede moderar el narcisismo que es otro de los elementos perturbadores del clima en el aula (Barry,  Pauten y Lui, 2014) y también una eficaz estrategia para combatir la agresión en la escuela muy frecuentemente liderada por individuos narcisistas.

En resumen podríamos decir que la empatía, como todas las emociones, están presentes en el niño desde su nacimiento, pero puede ser incrementada o inhibida por el ambiente.

Por parte de los padres es necesario mostrarles como su propio estado de ánimo, por una parte, y su sistema de educación, por otra, son esenciales en la promoción de la empatía. La relación afectiva acompañada de la inhibición de las incipientes conductas agresivas, además del el subrayado de la responsabilidad es la mejor manera de introducir a los niños en la prosocialidad que se incrementa con la presencia de todo tipo de emociones positivas y especialmente con la empatía. Todo lo que se dice de los padres vale también para los profesores, sólo varía el contexto y la intensidad de la relación emocional. El conocimiento que hoy existe de estos temas permite la prevención que ha de ejecutarse tanto con padres como maestros.

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La autora de este artículo

Experta en empatíaMª Victoria del Barrio es Profesora emérita de la Facultad de Psicología de la UNED. Es especialista en Psicopatología infantil y Evaluación Psicológica y ejerce como Psicóloga Clínica, en relación a lo cual ha sido directora de Servicio de Psicología Aplicada de la UNED. En cuanto a su actividad investigadora, ha publicado numerosos artículos en revistas españolas y extranjeras y capítulos de libros sobre temas de instrumentación psicológica y psicopatología infantil. También ha escrito numerosos libros sobre su especialidad, entre los que pueden destacarse: “Problemas infantiles” (Santillana, 1997), Emociones Infantiles (Pirámide, 2002), o La agresión infantil de 0 a 6 años. (Visión Libros, 2011).

Ha sido miembro del comité ejecutivo  de la European Association of Psychological Assessment y presidente de la division Clinical and Community Psychology  de la Psychological Association of Applied Psychology. Se le han concedido premios nacionales (Premio Aitana, 2012) e internacionales (Felow reward de la IAAP,2014).

 

Fuente de las imágenes: Pixabay

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Doctora en Psicología y profesora de la Universidad Católica de Valencia. Co-directora del Máster de Resolución de Conflictos en el Aula. Autora, entre otras obras, de Maltrato de Personas Mayores en la Familia en España (Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia: Serie Documentos, nº. 14, 2008)

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