El control de las emociones en la infancia, por Margarita Gutiérrez

El control de las emociones en la infancia, por Margarita Gutiérrez, profesora del Máster de Resolución de Conflictos en el Aula de la UCV

Una de las grandes tareas evolutivas a las que nos enfrentamos desde niños es la capacidad de regular las emociones y las conductas asociadas a ellas. Esta tarea, que llamaremos regulación emocional nos acompaña toda la vida y empieza a desarrollarse en la primera infancia. Es un componente fundamental de la relaciones personales y del ajuste socio emocional a lo largo de toda la vida.

Como afrontamos el miedo, los enfados, las frustraciones, y como manejamos la alegría, la euforia, el rechazo, por ejemplo, influyen en nuestro comportamiento, en las relaciones con los demás y tienen gran repercusión en nuestro bienestar. Además este aspecto del desarrollo socioemocional de los niños adquiere un interés importante para comprender muchas situaciones de conflicto que pueden darse en la escuela.

La forma de regular las emociones tiene un componente involuntario y otro voluntario. El temperamento, definido como una tendencia biológica que se manifiesta en diferentes conductas sobre como el niño responde al medio que le rodea, se relaciona con la forma menos controlada de la reactividad emocional. En los niños por ejemplo, las repuestas más impulsivas, el exceso de timidez, la hiperactividad o las conductas de sobrecontrol tienen que ver con el temperamento y son un ejemplo de la forma más involuntaria de la regulación emocional, de la que los niños tienen menos control. Aunque el origen del temperamento podemos encontrarlo en la herencia, el contexto social influye en su expresión. El temperamento puede marcar una predisposición que continuará con el desarrollo de la personalidad, pero no podemos entenderlo como características absolutamente estables e inamovibles, hay que tener en cuenta que las pautas de crianza, el aprendizaje, la educación pueden ir transformando o limando estos estilos temperamentales.

Pero hay otro aspecto importante de la regulación emocional en el que podemos adquirir un mayor control, es la parte voluntaria que se conoce como el “esfuerzo controlado”. Esta parte de cómo regulamos nuestras emociones se refiere a los esfuerzos personales que hacemos de manera voluntaria para controlar nuestras respuestas emocionales. Se trata de las habilidades que ponemos en marcha para controlar o inhibir la respuestas emocionales más impulsivas y encontrar otras más adaptativas a la situación, como por ejemplo, cuando decidimos redirigir nuestra atención hacia otro estímulo que no genera la emoción que queremos cambiar. El “esfuerzo controlado” es un componente regulatorio del temperamento que tiene que ver con el esfuerzo voluntario que se ejerce sobre la fuerza de la emoción sentida, es la capacidad para reprimir una respuesta dominante.

El desarrollo de la capacidad para autorregularse es fundamental para el manejo del estrés y es un aspecto esencial en las relaciones humanas. En la infancia, el autocontrol de los impulsos es imprescindible para comprender y abordar los conflictos del entorno escolar. Por ejemplo, a los niños controlar la rabia, les permite no dejarse llevar control de las emocionespor la emoción que puede generar comportamientos agresivos con otros niños. En las investigaciones sobre este tema se ha encontrado que los niños que tienen mayor capacidad de autorregulación a través del “esfuerzo controlado” tienen menos conflictos, usaban estrategias de afrontamiento más adaptativas y también mostraban relaciones con los amigos más satisfactorias. Estos niños con mayor esfuerzo controlado tienen más capacidad para retardar la gratificación en situaciones de conflicto y muestran mayor resistencia al estrés en la adolescencia. Está habilidad favorece también el desarrollo de la empatía, ya que controlar las emociones evita que los niños sean sobrepasados por ellas y les permite prestar más atención a los sentimientos y pensamientos de las otras personas.

La regulación emocional tiene que ver con los aspectos internos y externos de la emoción. A nivel interno, cuando el niño intenta controlar a través de sus mecanismos cognitivos como la atención y los pensamientos las emociones sentidas, como por ejemplo cuando tiene miedo o enfado. También supone regular las emociones cuando se trata de controlar la respuesta comportamental que sigue a la emoción sentida, como por ejemplo huir de la situación temida o agredir a la persona que causo el malestar. Muchos problemas de conducta en la infancia tienen su origen en el en el escaso control de las emociones.

¿Cómo aprenden estas habilidades los niños?

Por un lado hay que tener en cuenta que la regulación emocional tiene un componente madurativo importante. Los avances en el lenguaje que aparecen a partir de los dos años, las capacidades cognitivas que se van desarrollando en la etapa de la educación infantil, las habilidades mentalistas que permiten entender el mundo de los demás, las nuevas formas de atención, de resolución de problemas y de anticipación influyen en las estrategias de regulación emocional.

Los niños más pequeños, hasta aproximadamente los tres años de vida, van aprendiendo a través de sus cuidadores principales algunas estrategias sencillas para controlar sus emociones, como son la distracción, dirigiendo la atención a otros estímulos más placenteros, les ayuda a calmarse. La estrategia de la distracción o buscar consuelo dirige la atención del niño lejos de la fuente de malestar, sin embargo otro tipo de comportamientos como el llanto o la agresión mantiene la atención del niño en aquello que ha generado el malestar y produce más dificultades para regular esas emociones negativas. Estos mecanismos que ponen en marcha los cuidadores, los van transmitiendo hasta que los niños van asumiendo esas estrategias de manera autónoma.

Pero hasta que el niño aprende sus propias estrategias, los adultos intervenimos en su expresión y control emocional de diferentes formas.

En ocasiones les preguntamos sobre su expresión emocional, cuando por ejemplo ante el llanto, le preguntamos al niño ¿por qué lloras? o cuando se le indica que por esa situación no es adecuado llorar. De esta forma podemos conseguir que pare de llorar, pero no por ello se le está enseñando al niño estrategias que le ayudan a disminuir la intensidad de sus emociones. Al contrario, pueden aprender a ocultar esas emociones y utilizar estrategias de regulación emocional que le ayudan a inhibir o sobre controlar. Regular las emociones no significa inhibir o eliminar el elemento emocional, regular implica llegar a niveles social y personalmente aceptables de esas emociones, pero no inhibirlas.

Otra forma en la que los adultos intervenimos en la regulación emocional de los niños es cuando evitamos que experimenten emociones negativas. Cuando evitamos la reacciones impulsivas, no permitiendo que sientan la frustración por ejemplo cuando consentimos los deseos de los niños, estamos negándoles la oportunidad de poner en práctica estrategias de regulación autónomas.

Aunque las estrategias como la distracción en la primera infancia son fundamentales también es necesario que los adultos expliquen las situaciones, y verbalicen las emociones, de esta

forma se le va enseñando a los niños nuevas formas de entender lo que les sucede, y en primer lugar, aceptando su emoción

Aunque hemos visto la regulación emocional es una cuestión evolutiva y según los niños van adquiriendo nuevas habilidades cognitivo y emocionales, van aprendiendo nuevas formas de gestionar su vida emocional. Pero esto no supone que los niños adquieran o sepan poner en marcha los mismos mecanismo de regulación emocional a la misma edad. Hay dos aspectos que influyen en las grandes diferencias individuales que encontramos en la regulación emocional, por un lado el propio ritmo de desarrollo de cada niño y las diferencias temperamentales. A los educadores nos corresponde conocer bien esas variables para tratar de favorecer las estrategias más adaptativas a nivel emocional en cada niño, tiendo en cuenta su temperamento y el momento evolutivo en el que se encuentre.

Sobre la autora

Margarita Gutiérrez es profesora de la Universidad Católica de Valencia, en la rama de psicología del desarrollo y de la educación. Es doctora en Psicología por la Universitat de Valencia y tiene un Máster en Gerontología en la Universidad de Salamanca. Sus líneas de investigación se centran en la psicología positiva y el desarrollo humano, envejecimiento positivo, y desarrollo infantojuvenil.

Máster Universitario en Resolución de Conflictos en el Aula

UCV

 

 

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Doctora en Psicología y profesora de la Universidad Católica de Valencia. Co-directora del Máster de Resolución de Conflictos en el Aula. Autora, entre otras obras, de Maltrato de Personas Mayores en la Familia en España (Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia: Serie Documentos, nº. 14, 2008)

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