COVID-19 e incumplimiento de normas, por Ángela Serrano Sarmiento

COVID-19 e incumplimiento de normas, por Ángela Serrano Sarmiento, profesora del Máster en Resolución de Conflictos en el Aula.

En la situación el Covid-19, todos nos hemos dado cuenta que tenemos que enfrentarnos un miedo social, sin embargo muchos son los que parecen no asumir la responsabilidad e impacto que tiene sus acciones sobre los demás e incurren en el incumplimiento de las normas.

COVID-19 e incumplimiento de normas

Durante el mes de cuarentena más estricto se han realizado en España del 14 de marzo al 14 de abril de 2020, la policía nacional reporto 527.000 multas de ciudadanos que incumplían el estado de alarma aún frente al riesgo de atentar contra su propia vida y la de los demás.

El estudio científico de la conducta humana ante las normas y su incumplimiento, se ha abordado desde hace décadas desde diferentes enfoques, a partir de los cuales se defiende que la decisión de  infringir o no un precepto formal está controlada por las consecuencias derivadas de la transgresión del mismo y que pueden ser de distinta naturaleza. Frente a esto, la pregunta que más de un lector se hace en esta situación del COVID-19 ( e incumplimiento de normas), es:

¿Por qué las personas trasgreden las normas sociales? ¿Qué pasa por la cabeza de una persona que trasgrede las normas, aún sabiendo que pone en riesgo su propia vida? ¿es sólo una cuestión de egoísmo? O, ¿es aún más allá, un fallo en el procesamiento de la información social, que hace que valore erradamente el riesgo? ¿Carecen a su vez de un andamiaje moral, por el que no valoran correctamente si su comportamiento genera una consecuencia negativa para los demás? ¿Es una cuestión cognitiva? ¿es una cuestión de percepción social, o un fallo en la estructura moral de la sociedad?

Respecto a la cuestión de porqué las personas trasgreden las normas sociales, la respuesta puede ser  mucho más compleja, puesto que una conducta es un resultado multicausal, por tanto, pueden encontrarse a la base de ese comportamiento variables de tipo individual; cognitivo, emocional, social o cultural  (valores, prejuicios, etc.), lo que si es cierto es que el ser humano es un ser con tendencia a la supervivencia y exponerse y exponer a los suyos a enfermar es un una conducta contra-natura.

Tal como exponen Hernández, Contreras, y Santacreu (2001) la trasgresión de las normas normalmente puede ser el resultado de la puesta en marcha de una serie de respuestas de ajuste social que pone en práctica la persona, para afrontar una situación impuesta e inesperada . Independientemente de que la persona haya valorado erradamente las consecuencias sociales, pero muy en consonancia con la forma como percibe esa realidad. Ante la situación del COVID-19, durante el confinamiento y en la fase de desescalada podemos observar esto.

Dicho de otra manera, el sujeto que ha incurrido en la trasgresión y que ha sido “pillado” ha probado en varias ocasiones la forma de responder a esas situaciones pero no ha valorado correctamente el  impacto de su respuesta, esto podría ser porque no ha recibido una sanción ante su conducta o porque ha recibido un refuerzo social de un grupo de referencia,( amigos).

Sobre seguimiento de normas e imposición social

 

De igual manera, los trabajos centrados en “seguimiento de normas”, definidas como condiciones impuestas en una situación, y que han estudiado la conducta de transgresión social, evidencian que estos sujetos normalmente interpretan la realidad como ruptura de esa imposición y por ello no sienten culpa por trasgredir las normas, (Allport (1939) Nelsen, Grinder y Flack, (1980) Lee y Tedeschi (1996), Verkuyten, Rood-Pijpers, Effers y Hessing (1993), Schmitt, Dubé y Leclerc (1992)), Este tipo de conclusiones ha situado el estudio de la transgresión de normas desde la perspectiva de la psicología social, derivado del interés de esta disciplina por el estudio de fenómenos como la conducta desviada o la agresión y violencia como respuesta a situaciones impuestas.

Por esta razón, no podemos separar el análisis de la información que hace la persona para resolver la situación impuesta de la explicación de la psicología social, esta, plantea que la conducta esta precedida por la percepción de la realidad, la interpretación, la decisión subjetiva y el resultado obtenido tras la conclusión de estas dos.

Un trabajo realizado por  Light, Girotto y Legrenzi (1990), con niños de 11 y 12 años, mostró como resultado que estos menores valoraban la transgresión de las normas de acuerdo al refuerzo social y la consecuencia que tenían sus actos. Es decir, que la transgresión de las normas esta relacionada con la percepción de la valoración social y con la auto-consciencia de los propios actos. Todo ello, unido a un constructo moral subjetivo.

Siguiendo en esta línea de ideas, la valoración del riesgo social, según algunos estudios, está relacionada con la forma como el sujeto valora la información recibida del contexto y como interpreta el grado de responsabilidad en las consecuencias de lo ocurrido, de esta manera en psicología se estudia este aspecto ligado al concepto del locus de control (interno o externo), descrito de manera sencilla como el grado de responsabilidad en las consecuencias que debe enfrentar (esto, podría hacer que en la situación del COVI-19, puede el sujeto interpretarla como una amenaza y verse como víctima de una imposición).

Valoración de las consecuencias.

Según Peña y Andreu (2012), citando a Beck (2003), cuando una persona percibe una posible amenaza o considera que sus derechos no son valorados por los demás, tiende a producirse en general una respuesta de malestar o daño psicológico. Parece que determinadas personas tendrían más probabilidades de transgredir normas, inhibir los sentimientos de culpa o empatía y provocar daño a quien consideran su opresor.

Tal y como nos señala este autor, a las personas con estrategias de afrontamiento agresivas les afecta  esta dinámica respecto de la auto-percepción que tienen sobre la violación de sus derechos, la pérdida de su status, de su dominio personal o la puesta en duda de su eficacia al ser interpelado por su conducta. Cuando se producen una distorsión cognitiva, el individuo percibe erróneamente la situación de manera que se refuerza el esquema de afrontamiento agresivo, acentuando la información que confirma el esquema y minimizando o negando la información que lo contradiga.

 

Citando de nuevo a Beck (2003), y relacionándolo con las distorsiones sobre la realidad, el quebrantamiento de las normas estaría relacionado con el significado que las personas atribuyen a los distintos eventos e interacciones sociales. Los procesos cognitivos sesgados o distorsionados representan interpretaciones erróneas que facilitan los conflictos interpersonales porque proporcionan una visión negativa sobre el entorno social, en el que la persona hace una atribución hostil sobre el entorno y lo interpreta desde una perspectiva segada y por supuesto egocéntrica. Así , debido a los sesgos y las distorsiones cognitivas, el infractor de la norma interpreta los hechos a su favor de forma egocéntrica, exagera la auto-interpretación explicando sus motivos y minimizando su responsabilidad (Beck, 2003).

Por tanto, la persona trasgresora no interpreta su conducta como un «sujeto trasgresor” sino como un sujeto “víctima” (—sírvase recordar las imágenes de la televisión de trasgresores del confinamiento pidiendo ser ayudados ante la acción dela policía—), De esta manera el sujeto trasgresor de las normas,  no asume las consecuencias por los daños causados a los demás, esto lo lleva a desplazar la responsabilidad de sus actos y, a pesar del comportamiento transgresor y antisocial, llegar incluso a considerar que reclama derechos sociales, si además, recibe un refuerzo social por parte de un grupo de amigos o personas, ese impacto hace que siga manteniendo un concepto positivo de su acción, incluso percibiéndose como alguien que es apoyado.

Por tanto, podemos comprender que la trasgresión de las normas está fuertemente ligada a la percepción e interpretación dela relaidad que hace el sujeto, y  del resultado que puede obtener la persona que trasgrede la normas. Así desde diversos estudios de tráfico vehicular, por ejemplo,  se retoma la perspectiva del modelo de la disuasión (Paternoster, 2010), en el que se defiende la importancia que tienen las características del sanción formal en la toma de decisiones y en el control conductual. Si la persona no percibe consistencia y autoridad en la sanción a la trasgresión de l anorma,  intentará nuevamente transgredirla. Sin embargo esta conclusión que es apoyada por algunos estudios, precisa un análisis más complejo desde la perspectiva social y moral.

En un mundo tan impulsado por la información,  hoy más que nunca por nuevas tecnologías,  la conclusión de la psicología social estaría incompleta si no analizamos como el sujeto, no sólo debe percibir consistencia en la sanción, sino sobre todo tener la visión social del impacto de sus acciones. Por tanto, no es sólo una cuestión de sanciones, sino una cuestión de sentir a nivel individual la responsabilidad de estar actuando por el bien de una comunidad. De esta manera la persona debe percibir o entender por la respuesta social el grado de importancia y el valor axiológico de su respuesta ante la norma. (es decir, si socialmente está bien visto lo hecho).

Para poder determinar  ese valor axiológico que a su vez influirá en la conclusión conductual que se asume, la persona debe ser capaz de auto regular su conducta, guiado por los valores compartidos del grupo de referencia.

Según Roncero, Andreu y Peña (2016), así, durante el proceso de toma de decisiones y elección de una respuesta, un individuo puede considerar varias alternativas en función de cinco procesos evaluativos, para decidir trasgredir la norma o no: (a) aplicación de un primer umbral de aceptabilidad en la respuesta, mediante el cual se descartan las respuestas inaceptables apriori, (b) estimación de la probabilidad de que la respuesta será eficaz y del valor moral de la acción, (c) expectativas sobre las consecuencias de la respuesta y el valor personal de las mismas, d) comparación de las diferentes opciones de respuesta social y (e) selección de la respuesta más apropiada.

De esta manera, Bautista Ortuño y Maciá (2016) siguiendo los postulados de la Teoría Focal de la Conducta Normativa desarrollada por Cialdini, Reno y Kallgren (1990) y por Cialdini, Kallgren y Reno (1991), explican que existen  dos tipos de normas sociales que pueden influir en el comportamiento de los individuos. Por una parte, las denominadas normas descriptivas, que  son las que se derivan de lo que los otros hacen, poniendo así de manifiesto el comportamiento esperado de manera normal en un contexto determinado. Normalmente este tipo de información influye en situaciones que son novedosas o ambiguas para el individuo (Sherif, 1936; Tesser, Campbell y Mickler, 1983), sobre todo cuando proviene de personas similares a él (Festinger, 1954). Es decir, con personas que considera afines.

Por otra parte, las normas prescriptivas, que son aquellas que muestran aquello que es de obligado cumplimiento y por tanto debe ser hecho por la mayoría de la gente, es decir, aquello que se debería o no hacer; y, en definitiva, constituyen las reglas morales del grupo (Cialdini y Trost, 1998),  y que se hacen de acuerdo a la aprobación social. Estas segundas normas se siguen por consenso pero desde luego son percibidas como una imposición de la mayoría.

Lo bien cierto,  es que no siempre las personas se comportan de manera meditada y reflexiva, sino que en determinadas circunstancias se pueden ofrecer respuestas impulsivas regidas principalmente por esquemas o guiones cognitivos y que se han utilizado anteriormente.

En el contexto del procesamiento de la información social, Según Fontaine y Dodge(2006), la impulsividad es concebida como la respuesta inmediata a partir de un guion de comportamientos al que se ha accedido desde la memoria corto plazo, emitidas con anterioridad y que han tenido resultados funcionales. Una impulsividad extrema se operativiza como el establecimiento de un umbral de aceptabilidad igual a cero en el que no se establece ninguna restricción en la respuesta generada, y donde la capacidad ejecutiva no ha tenido ningún proceso de reflexión. En los procesos reflexivos aparecen los nexos morales del sujeto, pro tanto un sujeto más impulsivo tendría tendencia a no evaluar correctamente a nivel social el impacto de su conducta.

Transgresión y valores sociales

Finalmente hay un matiz importante, la decisión de las acciones, esta sujeta siempre no sólo a una valoración social (—aunque lamentablemente, nuestro sistema de vida, pareciera que cada vez tendiera mas a esto—), sino especialmente al criterio de valores de la persona. Por ello, y al respecto, Bautista Ortuño (2016),  exponen la importancia de la legitimidad de las conductas emitidas, definiendo  la legitimidad, como la cualidad que posee una autoridad, una ley o una institución y por tanto, el seguimiento de normas interpretado como el apoyo mostrado hacia las autoridades legales ante el juicio moral de la norma y por ende, como el sentimiento de obligación hacia la obediencia de la ley, respectivamente. (mucho más en una situación impuesto como el COVID-19).

A este respecto, algunos estudios manifiestan que el sistema de valores es importante para motivar el cumplimiento y, además, que su efecto es mayor que el generado por  las percepciones de riesgo de recibir un castigo formal (Sunshine y Tyler, 2003; Tyler, 2006). En general, las evidencias destacan que es tal el poder de influencia de los valores del sujeto sobre la conducta, que es menos probable que los individuos cumplan las normas que consideran inmorales o que van en contra de su sistema de valores (Tyler, 2006), al igual que es más probable que las cumplan si son coherentes con su moralidad. Por todo ello y para concluir, entendiendo que el hombre es un sujeto moral, convendría entender en una situación de imposición de cumplimiento de normas sociales  la importancia de la legitimidad de las instituciones que demandan ese cumplimiento.

Por ello y no es nada desdeñable, entender, por el bien común la  importancia del valor moral de las instituciones, la sociedad que tenemos y sobre todo que existe en el imaginario social…

 

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Algunas citas de interés.

 

Ortuño, R. B., & Maciá, E. S. (2016). Análisis de los predictores psicosociales de la transgresión de normas de tráfico en España: los casos del uso del cinturón, del teléfono móvil, los límites de velocidad y el límite de alcoholemia al volante. Revista Española de Investigación Criminológica: REIC, (14), 5.

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Doctora en Pedagogía. Profesora titular de la Universidad Católica de Valencia, Sus áreas de investigación son los problemas de conducta, la violencia escolar, el maltrato infantil y la inclusión educativa. Es Co-directora del Máster de Resolución de Conflictos en e Aula. Autora de diversos artículos, informes y estudios sobre el tema.

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