Conductas adictivas y violencia escolar, por Roberto Sanz

[themecolor]La influencia de las conductas adictivas en el aumento de la violencia escolar entre adolescentes[/themecolor]

Por Roberto Sanz Ponce, Doctor en Pedagogía, Vicedecano de Pedagogía en la Universidad Católica de Valencia y Máster en Resolución de Conflictos en el Aula.

Las conductas adictivas, especialmente el consumo de drogas, entre los más jóvenes y las agresiones entre compañeros y, recientemente, entre alumnos y profesores es un tema que genera una gran sensibilidad y conmoción social. Sin duda alguna, la proliferación de libros, artículos, Tesis, investigaciones, …, así lo atestiguan. Con nuestro trabajo solo pretendemos situar dentro de un marco teórico la problemática estudiada, arrojando algunos datos que nos puedan permitir una reflexión conjunta y pausada.

En muchos estudios recientes aparece 2º de Educación Secundaria Obligatoria como el curso más problemático del Sistema Educativo. En esa misma línea, el último informe acerca del consumo de drogas en España afirma que la edad de inicio ha continuado su dramático descenso hasta situarse en torno a los 12 años. El cambio de centro educativo –del colegio al instituto-, el cambio de profesores, el fracaso escolar, la propia adolescencia que es un periodo de crisis, el cambio de amigos,…, son algunos de los motivos que pueden explicar el inicio en el consumo y todo unido desencadenar en violencia escolar.

Es, por ello, que en este breve estudio queremos analizar la relación e influencia de las conductas adictivas en la aparición y mantenimiento de la violencia escolar en la adolescencia, principalmente entre los jóvenes de entre 11 y 12 años que se encuentran cursando 1º y 2º de Educación Secundaria Obligatoria.

[themecolor] La adolescencia: un periodo de crisis[/themecolor]

La adolescencia es un periodo vital que supone múltiples cambios que afectan a diversas esferas y dimensiones de la persona. Todos estos cambios suponen una ruptura con todo lo anterior, es decir, la adolescencia se convierte en una etapa de crisis a través de la cual el joven busca definir su personalidad, intentando diferenciarse de sus personas de referencia: padres, maestros, … Es, por ello, que la persona se encuentra en una mayor situación de vulnerabilidad, lo que puede afectar a sus decisiones y comportamientos –relaciones con los demás, consigo mismo y/o con el entorno- y que, en determinados casos, puede derivar en conductas disruptivas.

[themecolor]Las conductas adictivas y sus consecuencias en las personas[/themecolor]

En otra publicación (Pérez, Escámez, García, Sanz y López, 2012: 235) escribíamos en torno a las adicciones, viejas y nuevas, y de su influencia en la sociedad de consumo en la que vivimos.

Las adicciones van asociadas al consumo, y en una sociedad como la nuestra, caracterizada por el consumismo de todo tipo de productos y servicios, existe un peligro evidente de que el abuso se convierta en adicción.

Estas conductas adictivas generan una pérdida de libertad personal y de dependencia; y afecta a las relaciones personales, sociales y familiares.

Si nos centramos propiamente en las adicciones a las drogas, tema del trabajo que nos ocupa, podemos detectar una realidad cada vez más patente en nuestra sociedad: el consumo de drogas ha dejado de ser un fenómeno marginal –reducido a barrios desfavorecidos y a jóvenes en los linderos de la delincuencia- para convertirse en un fenómeno social “cotidiano,” que afecta a los jóvenes a edades cada vez más tempranas.

Por ello, hay unanimidad en el pensamiento acerca de la necesidad de una educación que haga hincapié en su prevención, dotando de alternativas de vida saludables. “Hay que insistir en las medidas preventivas destinadas a los niños, así como en la educación, para evitar el consumo indebido de sustancias. En este contexto, la educación relativa al uso indebido de drogas debería estar plenamente integrada en los planes de estudio de las escuelas públicas y privadas, religiosas o laicas, con especial hincapié en los efectos del uso de drogas y en la promoción de la excelencia en la educación, la salud y el bienestar personal general” (Echeburúa, Corral y Amor, 2005: 242).

[themecolor]Factores de riesgo y de protección[/themecolor]

duda-485753_640La adolescencia, por su propia definición, comporta una serie de factores que pueden potenciar o inhibir ciertas conductas disruptivas, entre ellas, el consumo de drogas. Oliva y otros (2007), divide los factores de riesgo en individuales, sociales o ambientales y familiares. Los factores individuales hacen referencia a: la baja autoestima; a la alta búsqueda de sensaciones; a las actitudes antisociales y la baja conformidad con las normas; la insatisfacción con el empleo del tiempo libre; las actitudes positivas hacia las drogas; la falta de habilidades sociales; la ausencia de asertividad; la deficiente información sobre las drogas; el fracaso escolar; la falta de autocontrol; la rebeldía y las actitudes poco convencionales; la alta necesidad de aprobación social; las situaciones críticas vitales; los factores biológicos. Los factores sociales o ambientales atienden a: las influencias culturales, el clima social y la publicidad; la legislación favorable; el fácil acceso y la disponibilidad de las sustancias. Por último, los factores familiares tienen relación con el consumo de drogas por parte de los padres; con la permisividad o indiferencia parental y la falta de supervisión; el aprendizaje de valores y la débil cohesión familiar.

En términos similares, Esteve y otros (2000), se centran en 4 variables para explicar estos factores de riesgo. La personalidad, que describe los aspectos individuales, donde la propia adolescencia es un factor de riesgo por sí mismo. En este bloque influyen: la edad; el autoconcepto; la autoestima; el autocontrol, y la tolerancia a la frustración. La pertenencia, que es la necesidad de formar parte o no de un grupo de referencia. De estas relaciones surgen los modelos de referencia. Estos grupos son: la familia; el centro de estudios; y el grupo de iguales. El consumismo, la propiedad y la posesión, valores o contravalores asentadas en la sociedad. Uno de los valores de una sociedad materialista como la que tenemos es el propio consumo, ya sea de drogas o de cualquier otro producto. Por último, el tiempo, o lo que es lo mismo, la manera de gestionar el ocio y el tiempo libre de los jóvenes puede convertirse en un factor de riesgo siempre y cuando no sea trabajado por la familia, la sociedad o la escuela. El deporte, el disfrute del medioambiente, …., deben convertirse en una alternativa al botellón, las discotecas, …, entre los adolescentes.

Como contrapeso a estos factores de riesgo, aparecen unos factores de protección que ayudan a los adolescentes a combatir estas problemáticas. El establecimiento de normas; la formación en el uso adecuado del ocio y del tiempo libre; el establecimiento de unas buenas relaciones afectivas en la familia y tener unas adecuadas habilidades para la comunicación, así como el conocimiento y aceptación de sí mismo; no dejarse llevar por las apetencias más impulsivas (autocontrol); tener un buen nivel de autoestima; una escala de valores, coherente y consecuente con sus actos; una conciencia crítica hacia el consumo de drogas, …., pueden ayudar a minimizar ciertas conductas en la adolescencia.

[themecolor]La violencia escolar: una lacra del sistema educativo[/themecolor]

Los medios de comunicación, cada cierto tiempo, se hacen eco –con gran revuelo social- de algunas circunstancias que acontecen en el seno de la escuela entre alumnos y, más recientemente, entre alumnos y profesores. Estas circunstancias, normalmente, suelen responder a actos considerados como violentos. Sin duda alguna, aunque el porcentaje de estos sucesos es muy bajo, cada uno de ellos supone un fracaso rotundo del sistema educativo español y de sus docentes. Aunque, como todo suceso, es relativa su importancia o alcance en función de con quién nos comparemos. Así, pues, lejos queda la recurrente y no por ello menos dramática imagen de las escuelas norteamericanas rodeadas por policías y un joven esposado –aparentemente normal para el resto de sus compañeros- tras haber realizado una masacre por los pasillos y aulas de su Instituto. A pesar de las distancias, como se ha dicho, cada agresión física o verbal que se produce en la escuela o en sus alrededores es una lacra para el sistema educativo y para todos aquellos que de una manera u otra formamos parte de este entramado educacional.

[themecolor]Qué es la violencia escolar[/themecolor]

La violencia, según Ovejero (1998), es la “utilización de medios coercitivos para hacer daño a otros y satisfacer los propios intereses” (Moreno, 2010: 21). En esa línea, tal y como afirma el profesor Sanmartín (2004), podemos distinguir entre los conceptos de violencia –cultural- y el de agresión –instintiva. Asimismo, la violencia puede ser de carácter físico o verbal.

Históricamente los estudios e investigaciones sobre la violencia escolar han tenido un carácter unidireccional, es decir, se estudiaba la violencia ejercida por los profesores hacia sus alumnos, véase sino la obra del sociólogo Foucault (1998), titulada: Vigilar y castigar. En esos momentos la violencia entre compañeros en la escuela o hacia las instalaciones del centro educativo eran de tipo residual –o al menos no se le prestaba mucha importancia. Es Debarbiux (1996), Director del Observatorio de la Violencia Escolar de Burdeos, quien ratifica esta idea, afirmando que deberíamos tener cuidado con las aseveraciones en torno a que la violencia escolar ha aumentado en los centros escolares en los últimos años -ya que esta ha existido siempre-, dejando entrever que esta afirmación no es del todo fidedigna.

La primera persona que resitúa la problemática de la violencia escolar y la sitúa en un enfoque claramente distinto, es decir, que se centra en la violencia entre compañeros de escuela, es Olweus (2006), en su conocida obra Conductas de acoso y amenaza entre escolares, que se ha convertido en un referente en el ámbito de la violencia escolar. Esta obra recoge las conclusiones extraídas de su estudio realizado en las escuelas de Escandinavia y define el concepto de violencia escolar como bullying. Así, para Olweus (2006: 25), el bullying es:

la situación en la que un alumno es agredido o se convierte en víctima cuando está expuesto, de forma repetida y durante un tiempo, a acciones negativas que lleva a cabo otro alumno o varios de ellos

En esa misma línea, años más tarde, las profesoras Ángela Serrano e Isabel Iborra (2005: 12) definen la violencia escolar como “cualquier tipo de comportamiento agresivo que se da en el centro educativo, entre los que se encuentran aquéllos dirigidos a hacer daño a los alumnos, al profesorado, a objetos o material escolar y que puede ser puntual u ocasional.” Entre estos comportamientos podemos destacar: agresiones físicas o verbales; maltrato psicológico o emocional; ausencia de disciplina en el aula; destrucción del mobiliario escolar; o abuso sexual. En los últimos tiempos, las nuevas tecnologías han entrado de lleno en las problemáticas de violencia escolar, apareciendo un nuevo concepto: el ciberbullying.

[themecolor]Características del agresor[/themecolor]

Cuando en el contexto de la violencia escolar intentamos definir las características propias del agresor, solemos encontrar una serie de rasgos comunes o que, al menos, suelen repetirse con cierta constancia en el perfil del joven violento. Tras analizar varios trabajos en los que se caracteriza la figura del agresor, todos suelen acudir a un manual de referencia que explicita estas características. La obra del profesor Olweus (2006) es el referente en el que se basan los demás estudios (Serrano, 2006; Moreno, 2010; Fernández, 2001; Teruel, 2007) y en el que se recogen una serie de rasgos comunes. Estos rasgos son:

  • Suele tratarse de chicos. Estos parecen tener una mayor tendencia a convertirse en agresores, aunque esta verdad pueda ser relativa. Existen pocos estudios en los que se analiza el tipo de violencia indirecta, centrándose fundamentalmente las investigaciones en el análisis de la violencia física. Olweus afirma que cuando se habla de una violencia más sutil, donde se utiliza la calumnia, la propagación de rumores, la manipulación, …., la balanza se decanta hacia las chicas.
  • Suelen ser más corpulentos y fuertes que sus compañeros –a veces se trata de repetidores de curso, por lo que también son más mayores en lo referente a la edad.
  • Sienten la necesidad de dominar a otros, de imponerse, de amenazar.
  • Suelen tener mal carácter, son impulsivos, no aceptan las normas, ni los contratiempos.
  • Son desafiantes y agresivos incluso con los adultos, especialmente con sus figuras de referencia –padres y profesores.
  • Muestran poca simpatía y compasión por las víctimas
  • Suelen tener un autoconcepto alto sobre sí mismos.
  • Obtienen, por lo menos en Secundaria, unos resultados académicos más bajos que la media.
  • Suelen adoptar conductas antisociales –consumo de drogas, entre otras- y se suelen reunir con las malas compañías.

Otros autores introducen el aspecto familiar como detonante de las conductas violentas. Estos chicos suelen haberse criado en ambientes familiares difíciles, problemáticos, muchas veces violentos, donde no abundan las muestras de cariño, de afecto, donde existe una mala comunicación entre los miembros de la familia y no existen, tampoco, modelos de referencia a los que imitar. Por ejemplo, los resultados obtenidos por Baldry (2003), concluyen que las chicas que han sido expuestas a la violencia doméstica por parte de su padre hacia su madre y viceversa, tienen muchas más posibilidades de ejercer el bullying entre sus compañeros.

[themecolor]Características de la víctima[/themecolor]

cadenas-19176_640Del mismo modo que el agresor tiene ciertas características comunes, las víctimas de violencia escolar también poseen o responden a ciertos patrones comunes. Son muchos los autores que en sus obras citan estos rasgos, aunque todos ellos toman como referencia la citada obra del profesor Olweus (2006). En su conocida obra, divide a las víctimas dentro de dos tipologías. Por un lado las víctimas de carácter pasivo y, por otro, las víctimas de tipo provocador. Los rasgos comunes para las víctimas pasivas son:

  • Suelen tener una constitución física más débil que el resto de sus compañeros.
  • Suelen padecer lo que se ha denominado “ansiedad corporal”, es decir, temen que les hagan daño, por lo que, no participan en juegos deportivos, …
  • Suelen ser de personalidad tranquila, pasivos y tímidos. Además, también suelen ser ansiosos, depresivos, inseguros y con una baja autoestima.
  • No suelen ser nada asertivos, por lo que temen defender sus pensamientos y creencias en grupo.
  • Suelen tener mejores relaciones con las personas adultas, que con sus propios compañeros de edad.
  • Suelen tener un rendimiento académico variable, aunque suelen fracasar en sus estudios en la Educación Secundaria.
  • Suelen ser alumnos solitarios y no tener amigos con los que compartir sus alegrías, tristezas, problemas, …
  • Suelen haber tenido unas relaciones familiares muy cercanas, en la mayoría de los casos, rozando las hiperprotección.
  • Suelen poseer pocas habilidades sociales y nulas estrategias para reaccionar en situaciones complejas o comprometidas. Son poco sociables.

Los rasgos más comunes de las víctimas provocadoras, son fundamentalmente las ya anunciadas, con algunas variaciones, entre las que destacan:

  • Suelen ser alumnos con ansiedad y que responden a los estímulos externos con cierta agresividad.
  • Suelen ser hiperactivos, inquietos, infelices, depresivos y ofensivos.
  • Suelen tener mal genio, ser violentos y provocar, también, a las personas adultas.
  • Suele participar toda la clase en su hostigamiento, no simplemente algún alumno concreto.

[themecolor]Análisis de la influencia entre las conductas adictivas y la violencia escolar[/themecolor]

No son numerosos los estudios académicos en España que relacionan el consumo de drogas con el aumento de los actos violentos en la escuela, al menos desde el ámbito de la Pedagogía. Por separado son innumerables los trabajos, libros, artículos, …, que analizan estas problemáticas. En 2008, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, afirmaba, según los datos obtenidos en sus estudios, como el consumo de drogas aumentaba la violencia ejercida. De esta manera, informaba que:

el hostigamiento dentro de la escuela generalmente está vinculado con la rivalidad entre pandillas y el tráfico de drogas ilícitas dentro de los planteles.

Un estudio similar, El consumo de drogas, adolescencia y valores (Montesó, 2008: 1), concluye que:

el consumo de drogas se ha asociado muchas veces a actos de violencia y delictivas. En la adolescencia aumentan las conductas transgresoras pues es una época de cambio en la que el individuo construye su personalidad. Uno de los motivos por el que los jóvenes caen en el consumo de la droga es el de transgredir las costumbres sociales establecidas.

En esa misma línea, Andrés Pueyo (2004: 2), en un estudio realizado acerca de los factores implicados en la violencia juvenil, manifiesta que:

aparece en las múltiples riñas que se producen en las zonas de ocio, en las conductas agresivas que acompañan al tráfico y consumo de drogas, en el fenómeno de la violencia escolar…

Por todo ello, si tomamos como punto de inicio las características definitorias de los agresores, tal y como las hemos recogido en este trabajo, podemos observar como tanto Olweus (2006) como la profesora Serrano (2006), a nivel nacional, reconocen como éstos –los alumnos que se transforman en agresores- suelen adoptar conductas antisociales, entre las que destacan el consumo de drogas, entre otras.

Al hilo de esta característica –muy importante dentro del perfil del agresor- pensamos que sería lógico afirmar que el consumo de sustancias como el alcohol, el tabaco y/o el cannabis, pueden convertirse en un potenciador de la violencia, en general, y de la escolar, en particular. En esa línea, Pérez Milena y otros (2010: 22), desde el ámbito de la medicina, mantienen que:

los centros de educación secundaria constituyen un microsistema abierto de iguales donde el adolescente inicia su proceso socializador mediante la inmersión en una cultura de grupo, con normas y valores propios. La violencia distorsiona este aprendizaje, y forma parte de un conjunto de hábitos nocivos para la salud que el adolescente adopta, como puede ser el consumo de sustancias tóxicas.

Nuevamente, se asocian los conceptos adolescencia, consumo de drogas y violencia escolar, aunque, en este caso, no queda claro si es el consumo el que provoca la violencia o, aunque relacionados, son variables que no tienen incidencia la una con la otra.

Todos los adolescentes que participan en la violencia consumen más alcohol que los no violentos, encontrándose la mayor prevalencia entre los agresores (Pérez Milena y otros, 2010: 23).

Más adelante, en otros estudios sí que podremos ver y analizar su interdependencia.

Orozco, en Violencia y consumo de drogas en escuelas secundarias. Un estudio cualitativo; Díaz-Aguado y otros (2013); y Aguilera, Muñoz y Orozco (2007), en un estudio sobre las escuelas mexicanas, Disciplina, violencia y consumo de sustancias nocivas a la salud en escuelas primarias y secundarias de México, entre otros, reafirman la coavariación positiva entre el consumo de drogas y las conductas de riesgo, entre ellas la violencia escolar, el absentismo, fracaso escolar o problemas de comportamiento, … Este último estudio, el que hace referencia a las escuelas de Educación Primaria y Secundaria en México, partía de varias hipótesis en función del pensamiento de los docentes. Entre estas hipótesis podemos remarcar dos que tienen relación con nuestro estudio:

“4. El promedio del índice de participación en actos de violencia se incrementa cuando los estudiantes declaran consumir sustancias nocivas.

5. Cuando los profesores perciben que los alumnos de sus escuelas consumen sustancias nocivas a la salud con cierta frecuencia, también es mayor la violencia que identifican dentro de ella” (Aguilera y otros, 2007: 115).

Estas hipótesis quedan confirmadas a la luz de los siguientes resultados Aguilera y otros, 2007):

El índice de participación en actos violentos aumenta gradualmente en función de la cantidad de copas que toman los alumnos, pasando de una participación de 3.7 actos violentos aquellos que no han tomado ninguna copa a 22 cuando han tomado más de 6 copas.

En la misma línea, también aumenta la participación en actos violentos en función de la cantidad de cigarrillos que toman los alumnos, pasando de 4.4 actos violentos aquellos que no han fumado a 22.9 cuando han fumado más de 6 cigarrillos.

La influencia de la familia también condiciona tanto el consumo de drogas como la violencia escolar. Esta influencia queda recogida en la siguiente afirmación: “en lo que respecta a la experiencia familiar de los alumnos, la tendencia ya constatada a participar más en actos de violencia a medida que se perciben más conflictivas las relaciones entre miembros de su familia, se agudiza al incorporar el consumo de alcohol por parte de alumno

(Aguilera y otros, 2007: 124).

Creo que los datos demuestran la relación e influencia del consumo de drogas en el aumento de las conductas violentas en la escuela por parte de los adolescentes. Es cierto que otras variables pueden jugar, también, un papel importante, incluso decisivo, véase la familia, el grupo de amigos, …, pero todo parece indicar que el consumo de drogas se convierte en un agente desencadenante de la violencia entre compañeros en el centro educativo.

[themecolor]Conclusiones[/themecolor]

El consumo de drogas entre adolescentes y el progresivo aumento de los actos de violencia escolar en los centros educativos causan una verdadera alarma social entre los ciudadanos del denominado primer mundo. Los asesinatos masivos en escuelas e institutos estadounidenses, la disminución dramática de la edad de inicio en el consumo de drogas, los accidentes de tráfico asociados a este consumo, con consecuencias dramáticas para los propios jóvenes y sus familias, los suicidios por acoso escolar o bullying entre alumnos de Educación Primaria y Secundaria, que ven privadas sus vidas por una lacra que los docentes y padres o viceversa deberían de comenzar a atajar.

La primera medida cuando se pretende poner solución a cualquier tipo de problemática es conocer su realidad, características, causas, dimensiones, alcance y consecuencias. Este trabajo ha intentado ir en esa dirección, es decir, la de conocer y definir la violencia escolar y delimitar el problema del consumo de drogas entre los adolescentes.

Con los datos arrojados nos vemos ante la certeza de poder asegurar la influencia de las conductas adictivas en el aumento de los actos violentos en la escuela entre alumnos de 1º y 2º de la Educación Secundaria Obligatoria, tal y como nos planteábamos al inicio de este trabajo cuando redactábamos su primer objetivo general.

Aunque nos atrevemos, sin miedo a equivocarnos, a asegurar esta influencia, no somos capaces de afirmar si el consumo de drogas conduce a cometer actos de violencia escolar, o si los alumnos violentos en la escuela dirigen sus vidas hacia prácticas poco saludables, como el consumo de drogas. Lo que si se ve claro es la interrelación entre ambas variables. Era lógico pensar que los alumnos con problemas conductuales, muchos de ellos derivados de los estilos parentales recibidos, puedan tener problemas en la escuela, primero en cuanto a rendimiento académico y desinterés por los estudios, de ahí de la importancia de los estilos docentes como herramienta de contrapeso y/o de protección, y seguidamente en la aparición de conductas disruptivas.

Es, por ello, que deberíamos fijarnos en los estilos educativos de padres y maestros, para analizar su influencia en los comportamientos de los adolescentes. Trabajar el aspecto emocional en el aula con adolescentes, tanto en su enfoque intrapersonal como en el interpersonal y, de esta manera, intentar prevenir tanto la violencia escolar como el consumo de drogas.

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Doctora en Psicología y profesora de la Universidad Católica de Valencia. Co-directora del Máster de Resolución de Conflictos en el Aula. Autora, entre otras obras, de Maltrato de Personas Mayores en la Familia en España (Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia: Serie Documentos, nº. 14, 2008)

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